Por Alejandro IORAS

Prof. de Historia (INSP Joaquín V. González) y Lic. en Cs. Antropológicas (UBA).

Co-conductor de Miércoles de Película por www.radiocv.com.ar

La Guerra de la Triple Alianza contra el Paraguay (1865-1870), la más encarnizada de las contiendas internacionales que se desarrollaron en América del Sur durante el siglo XIX, ha merecido un muy escaso tratamiento en la cinematografía de nuestro país. Existen numerosos documentales, así como también recreaciones de diversos eventos de la campaña, pero prácticamente ninguna producción nacional de ficción… salvo la que hoy nos ocupa. Posiblemente esta extraña desatención se deba a las particulares circunstancias que dieron origen a este enfrentamiento, al desenvolvimiento de las acciones y al resultado final, que no arrojó saldo favorable alguno para la Argentina.

Entonces debemos decir que se ha cumplido en mayo medio siglo del estreno de esta rara avis, un film dirigido y producido por la dupla Fernando Ayala/Héctor Olivera[1], figurando también el primero como coguionista, en colaboración con Félix Luna. Filmada en escenarios naturales de Corrientes y en estudios de Buenos Aires, la historia prometía: tres amigos de la “clase decente” porteña se ven afectados por la guerra, involucrándose en ella de distinta forma, conforme avanza la película, que relata sus peripecias en el frente de batalla. Si uno repasa el elenco se encuentra con un conjunto de actrices y actores muy conocidos: Thelma Biral; Lautaro Murúa; Gabriela Gili; Víctor Laplace; Arnaldo André; más breves apariciones de Héctor Alterio y Fernando Siro, y un nutrido grupo de “secundarios”, de esos que se anotaban en todas las películas de la época.

¿Qué podía salir mal?

Los títulos de inicio nos muestran de fondo una sucesión de fragmentos de obras de Cándido López[2], mientras una voz en off afirma “esta película intenta expresar lo que muchos argentinos sintieron frente a una guerra que abundó en valor y muerte por ambos lados”. Tras el deseo de que “nunca más los campos de nuestro continente vuelvan a regarse con sangre americana” vemos el nombre del film —tomado de un poema de Guido Spano[3]— y esto da paso a la sorpresa inicial (que no será la única) para el desprevenido espectador, ya que el primer actor (?) es Roberto Rimoldi Fraga. Dueño hoy de una extensa carrera como folklorista, poeta, intérprete y autor, en ese 1971 su experiencia cinematográfica se reducía a su colaboración en un sólo film El cantor enamorado (Juan A. Serna. 1969). Pero es interesante destacar que en octubre de ese año, RRF se casaba con Estela Lanusse, hija del Presidente de facto en ejercicio.  

Rumores no confirmados indicarían que se conjugaron los deseos del suegro por hacer una película de tono épico, referida a la Historia nacional, con los anhelos del yerno, fuertemente imbuido de ideas nacionalistas. La oportunidad de mostrar aspectos de una guerra exterior, prácticamente no tratada por el cine argentino, podía muy bien desarrollarse a través de la actuación del ejército en operaciones. Definido el núcleo duro del relato, se consultó a Félix Luna, quién brindó el asesoramiento histórico que el tema requería. El resultado es el que comentamos.

-Son of a Bitch

Más bicho serás vos, cara de langosta!

En un baile “en los alrededores de Buenos Aires” se presentan, por medio del discurso de Francisco Cuesta (Víctor Laplace) autodefinido como “casi abogado”; Gervasio Encina (Roberto Rimoldi Fraga) “estudiante crónico de Medicina” y Rafael Garzón (Jose Luis Mazza) “más conocido como El Tape, dada su modesta estatura”. Todo este parlamento deviene del insulto que lanza un desairado asistente al baile, un  inglés, al Tape, contestado en los términos que se detallan en el subtítulo. Tras la consecuente pelea, que pronto se hace general, los tres amigos, bastante maltrechos, se hacen conducir por el cochero/asistente/criado de Gervasio, el negro Saturnino (Rey Charol) a las oficinas del Diario de Carlos Guido Spano (Fernando Vegal) que les informa de las últimas noticias.

Estamos en marzo de 1865 y el pedido del Mariscal Francisco Solano López al presidente argentino, Bartolomé Mitre, solicitando autorización para pasar por territorio argentino, en el marco de las operaciones de la guerra que el Paraguay viene sosteniendo desde noviembre del año anterior con el imperio del Brasil, ha sido rechazado por éste. El dialogo que se suscita define las posturas de los amigos ante la posible guerra. Mientras Gervasio se niega a luchar contra los paraguayos, los otros dos aducen que contra Solano López sí lo harían  y que “la gente de principios, los liberales, no podemos estar…”, lo que les vale la acusación de Gervasio acerca de tener como aliado a un país esclavista…, por más “cultos y progresistas que sean”, según piensa Francisco, Pancho Cuesta.

Las tensiones planteadas aquí se agudizan en la fiesta de compromiso entre Francisco y la hermana del Tape, Dolores (Leonor Manso), interrumpida abruptamente por la noticia de la invasión paraguaya a Corrientes, que introduce automáticamente a la Argentina en la guerra. Gervasio, que está de novio con la hermana de Francisco, Elvira (Gabriela Gili), muestra un decidido rechazo a alistarse, ante sus dos amigos, que ya lo han hecho.

¿Hay que felicitarlo, subteniente Cuesta?

-No, ciudadano Encina…

Todo es optimismo en Buenos Aires; se ven las calles (que muy bien podrían ser las de cualquier ciudad, por lo corto del plano utilizado) con gente vivando al Gobierno, agitando banderas argentinas y brasileñas. No está mal; la guerra fue inicialmente muy popular en la Capital y el entusiasmo que muestran el Tape y Pancho corresponde perfectamente al sentir de la mayoría de la juventud porteña. En el interior, sin embargo, la causa distó mucho de ser factor de unidad.

Elvira, que acepta posponer su casamiento con Gervasio, expresa muy bien la expectativa de la que hablamos, confiando en que su prometido vuelva “cargado de medallas”, al cabo de una contienda que ella augura breve y victoriosa.

Aquí la película aborda tímidamente un tema espinoso, que se reitera en todas las guerras: el de los objetores de conciencia. Gervasio no desea ir al frente, pero tampoco quiere quedarse “con las hermanas y novias de sus amigos”. Tras un áspero cambio de palabras con Pancho, ese dilema se soluciona por obra y gracia del mismísimo Guido-Spano, que induce al “casi doctor” a presentarse como practicante médico. De esa manera servirá a su país, pero sin combatir. Pensamos que esta cuestión necesitaba un mejor tratamiento, que explotara distintos aspectos de las personalidades involucradas. No sucedió esto y, ¡feliz casualidad! los tres amigos y Saturnino —que se ha alistado para no despegarse del niño Gervasio—  van a dar al mismo regimiento…

Nuevamente, las pinturas de Cándido López sirven de fondo a una sucinta información acerca de la marcha de la campaña, reemplazando —por obvias razones de escasez de presupuesto— al progreso de las acciones militares. No obstante, se aclara que la refriega que se muestra a continuación corresponde a la culminación de lo que sucedió en Tuyutí (24 de mayo de 1866). Este enfrentamiento puntual, ya en territorio del Paraguay, reputado por los historiadores, con toda justicia, como “el más sangriento de Sudamérica”, está aquí tan mal filmado que parece una escaramuza entre avanzadas del ejército argentino —prolijamente uniformado— y una banda de macheteros vestidos de colorado. Pancho Cuesta hará alarde de valor… sorprendiendo por la espalda a un grupo de fusileros paraguayos, con los que luego se trenzará en un coreografiado combate al arma blanca. Unas cuantas aves de rapiña graznando cerrarán el capítulo.

Gervasio y sus tres amigos

Yo no necesito presentarme. Estoy en mi casa.

-Sí señora; necesita presentarse porque usted está en un hospital de sangre del Ejército Argentino.

Los heridos en la batalla son llevados a un improvisado hospital, montado en una casa requisada por los militares. Allí se desempeña Gervasio —siempre asistido por Saturnino—, a las ordenes de un Capitán médico (Eduardo Muñoz). La paraguaya dueña del lugar es Ofelia Pastoriza (Thelma Biral), que se muestra indignada por la ocupación de su hogar, a pesar de que posteriormente se conmueva ante el sufrimiento de los que, al fin y al cabo, son sus enemigos.

Haciendo su recorrida, Gervasio se encuentra con Pancho, herido en el brazo, e internado en cuarto propio, a pesar de que la casa está llena a reventar de heridos, muchos de ellos con cuadros de mayor gravedad. Mientras se desarrolla su convalecencia, Pancho se entera de que es padre y también es ascendido a Capitán, porque “el general Mitre ha quedado muy impresionado con el relato de la hazaña” (?).

Entre tanto, Gervasio comienza a intentar estrechar vínculos con la atractiva Ofelia, a pesar de estar ésta comprometida con un tal Barón de Grèves, turbio personaje, sindicado como proveedor de los aliados y que muestra un cierto acento inglés, quizás como sustento de las teorías que sostienen la presencia de la larga mano de Gran Bretaña en esta guerra.

La inevitable gragea cómica de todo film nacional viene aquí de parte del Tape, para ser exactos, de su parte posterior, pues en otra escena de batalla, tan mala o incluso peor filmada que la que comentamos más arriba, termina cayendo sentado sobre un cactus bien provisto de espinas…

El encuentro con el cactus

Teniente Garzón, hay que aprender a cuidar la retaguardia…

Posteriormente, Gervasio le explica al jefe del Regimiento, el coronel Vallejos (Juan María Gutiérrez) las razones que lo han llevado a alistarse en Sanidad y todos reconocen la tarea que está llevando a cabo, lo que parece impulsarlo a seguir involucrándose con Ofelia, a la que dará una serenata, explotando así las reales dotes del actor para el canto. Posteriormente un paseo peligroso, cerca de la línea del frente, mostrará la aptitud del Practicante Mayor para la lucha cuerpo a cuerpo contra malvados desertores brasileños, que pretendían aprovecharse de una incauta Ofelia, que lo ha llevado a cabalgar por lo que eran sus antiguas tierras, sin percatarse de que hay algo así como una guerra en curso…

-¡Ah, comprendo! El que junta montones de onzas, mientras nosotros juntamos montones de cadáveres y de inválidos.

El que nos vende fusiles que no tiran…

La situación de las tropas en esta larga contienda se resume en el film en estos comentarios, acerca de la actividad del ya citado de Grèves. El Gobierno argentino se encontró con una guerra para la cual no estaba en absoluto preparado. No existía en los arsenales —el famoso Parque de Artillería—  más que un puñado de fusiles modernos; el resto eran armas de chispa, que se complementaban con un centenar de viejos cañones de ánima lisa. Continuando con una práctica poco eficaz, se contactaron agentes en el exterior, preferentemente europeos, que proveerían de cuánto hiciera falta… a precios leoninos, claro… Una iniciativa de Sarmiento —embajador en los Estados Unidos—, tendiente a obtener armas en ese país, que acababa de salir de su Guerra Civil (considerada la primera guerra industrial) no llegó a materializarse. Lo mismo sucedió con el vestuario, que introdujo por estos lares las bombachas, de origen turco, adoptadas por los franceses luego de la Guerra de Crimea (1853— 1856), cuyo uso rápidamente se generalizó en el ámbito rural de nuestro país. Todo adquirido en Francia o Gran Bretaña o producido en talleres nacionales si la urgencia así lo imponía.  

La movilización, pasado el entusiasmo inicial —muy localizado, por otra parte—, se tornó cada vez más dificultosa; el ejército de línea —profesionales— apenas sobrepasaba los 6.000 hombres, repartidos en diversas comandancias de frontera. Ante esta realidad, se resolvió también enviar contingentes provinciales, lo que ocasionó no pocas resistencias ante las levas, que, para colmo, dejaban desguarnecido el frente interno contra el indígena[4]. Un decreto del presidente Mitre, exceptuando de incorporarse a la Guardia Nacional a aquellos que hubieran combatido en Pavón no contribuyó precisamente a serenar los ánimos.

Las deserciones y las sublevaciones en las provincias se mantuvieron durante toda la duración del conflicto, pero la película no hace ninguna alusión a este tema. De los tres amigos, únicamente Gervasio mostrará compasión por los sufrimientos de los soldados en campaña. Los otros se limitarán a la observación, por demás trillada: “es la guerra…

Malvado desertor brasilero

¿Es suya?

-¿Y si lo fuera?

Cambia la geografía. Estamos en Corrientes, adonde Gervasio ha ido, acompañando a sus heridos, oportunamente evacuados tras las líneas, coincidiendo en el barco que lo transporta con Ofelia y su prometido, el tortuoso Barón.[5]

También ha llegado allí Elvira, deseosa de ver a su novio e ignorante de los sucesos acaecidos. Todos se encuentran en un gran baile, celebrado por los aliados, donde descubriremos que Ofelia es una agente del Mariscal Solano López, que toma contacto —en una escena digna de un film de James Bond—  con otra espía que le pasa, dentro de una polvera, datos “que le serán muy útiles al Mariscal”.

Luego de un encuentro entre la inocente Elvira y la no tanto Ofelia, donde la argentina queda convencida de la buena fe de su desconocida rival, el escenario vuelve a ser el hospital/casa de ésta. Allí, Pancho —¡todavía convaleciente!— se entera de que Gervasio ha pedido la baja, para volver a Buenos Aires, recibirse de médico y casarse finalmente con Elvira. Y la historia bien podría haber finalizado aquí.

Pero no.

Aprovechando un imprevisto viaje del Barón de Grèves, Ofelia acaba por seducir a un más que dispuesto Gervasio, a pesar de la oposición de su criada Candelaria (Myriam Van Wessen), que le reprocha su desinterés por la causa patria. Al llegar a este punto, el menos avispado de los espectadores puede intuir que esto no va a terminar bien…

Elvira y Ofelia

Señorita Pastoriza: lo lamento, pero tengo orden de arrestarla.

-Cumpla usted con su deber, oficial, que yo ya he cumplido con el mío…

A manera de pausa entre tanto asunto amoroso, asistimos a un interludio, que constituye el único fragmento “histórico” de la película, y que corresponde a la entrevista que realmente sostuvieron en medio de la selva, el 12 de septiembre de 1866, Bartolomé Mitre (Héctor Alterio) y Francisco Solano López (Fernando Siro). Si bien aquí se reduce notablemente el tiempo que insumió la reunión, sustancialmente constituye la parte más acorde con los acontecimientos que tuvieron lugar. La imposibilidad, por parte de la Argentina, de firmar una paz por separado con el Paraguay —según los deseos de S. López— se debía a lo suscrito en el tratado de alianza firmado con la República Oriental del Uruguay y el Imperio del Brasil.

Pero siguiendo con la historia de nuestro protagonista, éste será sorprendido en casa de Ofelia por el inesperado —tanto como lo fue su partida— regreso del Barón de Grèves.  Retado a duelo, Gervasio —que no parece haber empuñado una pistola en su vida— matará de un sólo disparo al desgraciado noble. A partir de aquí los acontecimientos se precipitan. Ramón (Arnaldo André), hermano de Ofelia y nexo entre ella y el ejército paraguayo es descubierto por los hombres del coronel Vallejos y, al no aceptar rendirse, es muerto delante de su hermana, la cual queda detenida, sin que sus captores le imputen nada…

Un desolado Gervasio, a punto de volverse a Buenos Aires, se despedirá de Ofelia, resignada a una suerte que sospechamos, pero no conocemos. Y tampoco hubiera estado mal que aquí hubiera terminado la película. 

Pero dijimos que se buscaba una épica, un efecto heroico…

Pancho y el Tape se ofrecen como voluntarios en una misión sumamente peligrosa que consiste en hacer volar un barco paraguayo, cargado de explosivos, que no deben llegar a manos del enemigo. Sólo el teniente Garzón retornará con vida[6].

Sobre el cuerpo del Capitán Francisco Pancho Cuesta, Gervasio hará suyo el sable y los ideales de su amigo.

Fortificación paraguaya

Yo quiero clavar la lanza de este homenaje a mi pueblo en el pecho de las guerras.

Y claro, había que cerrar el film con “la” batalla. Curupaytí (22 de septiembre de 1866) tenia, a priori, todos los ingredientes para lograr el efecto que se venia buscando. Sin pretender narrar el choque, diremos que una fuerza combinada argentino—brasileña, con participación muy limitada de los orientales, debe atacar a una posición elevada y fuertemente acondicionada por los paraguayos. Después de un aparatoso cañoneo previo, a cargo de la flota brasileña, que domina el río Paraguay, 20.000 soldados aliados se ponen en marcha, en la creencia —infundada— de que las fortificaciones enemigas han sido arrasadas. La lluvia torrencial de los días anteriores ha alterado sustancialmente el terreno que deben atravesar los atacantes, transformando lagunas en profundos pantanos y obligando a las columnas a concentrarse en un frente angosto. Para colmo, el bosque inmediato a la posición paraguaya ha sido completamente desmontado, lo que, amén de ofrecer un campo despejado de tiro a los defensores, les permitió a éstos acumular gran cantidad de troncos y ramas al pie de la barranca que ocupaban.

En la película, nada de esto queda claro. Argentinos y brasileños —identificables solamente si uno reconoce sus uniformes— se entremezclan en un terreno, poblado de arbustos, para atravesar un curso de agua que apenas les llega a las rodillas. Muchos de ellos portan improvisadas escaleras de mano; pero la posición enemiga es una paupérrima trinchera, apenas por sobre el nivel general del campo, lo que nos hace preguntarnos para qué llevan estos elementos. Sabemos que toda batalla de la época guarda un grado muy importante de confusión, pero aquí es total. Descargas de artillería del enemigo hacen estragos, mientras que los tiros de los cañones propios no parecen surtir ningún efecto, no obstante lo improvisado de las defensas paraguayas.

Gervasio que marcha al frente, animando con su ejemplo a las cada vez más diezmadas fuerzas de los aliados, defiende a sablazos una bandera cuyo portaestandarte acaba de ser muerto y que es codiciada por un grupo de soldados paraguayos. Con la enseña en alto, asciende caminando la pequeña barranca, sobre la cual está el enemigo y en un primer plano que pretende ser desgarrador, y lejos está de serlo, recibe varios disparos.

Gervasio en Curupaytí

Y ahora sí!

Con el entierro del Practicante Mayor en una fosa común, las lagrimas de Saturnino y el Tape recibiendo la herencia del sable, se cierra la epopeya.

Yo quiero clavar la lanza,

de este homenaje a mi pueblo,

en el pecho de las guerras,

y gritarle al mundo entero

que aquel que tuvo la suerte

de haber nacido en mi tierra,

liberada por centauros,

ya puede gritar bien fuerte

aquellos versos ardientes

de Carlos Guido y Spano:

¡Argentino, Argentino

hasta la muerte!

Música: Roberto Rimoldi Fraga. Letra: Pablo Raúl Trullenque.


Notas

[1] Incluso recibió el premio al mejor Director, el Cóndor de Plata, en 1972.

[2] Cándido López (1840-1902) revistó en esta contienda como teniente, a la par que se dedicaba a pintar escenas de la campaña. Gravemente herido en batalla, perdió parte del brazo derecho y fue dado de baja. Posteriormente, y tras un arduo proceso de reeducación de su mano izquierda, pintó más de 50 cuadros que reflejaban distintos aspectos de la guerra, por encargo de Bartolomé Mitre. La mayoría se exhiben hoy en el Museo de Bellas Artes de la ciudad de Buenos Aires.

[3] Carlos Guido Spano (1827-1918), escritor y periodista, hijo del Gral. Tomás Guido, fue un activo opositor a la Guerra del Paraguay, lo que le valió la cárcel. De sus versos está sacado el título de la película que nos ocupa:

He nacido en Buenos Aires.

¡Qué me importan los desaires

con que me trate la suerte!

Argentino hasta la muerte,

he nacido en Buenos Aires.

[4]Es sabido, señores, como se consiguen soldados entre nosotros.  Se arranca de sus casas a civiles pobres, cuyo crimen es haber nacido en la humilde condición de gaucho, para llevarlos a servir sin sueldo, desnudos, y muchas veces sin la alimentación necesaria, y cuando consiguen escapar de la prisión —porque para ellos el campamento es la prisión— y son detenidos, reciben en azotes la cantidad de horas que estuvieron en libertad.”Nicasio Oroño, diputado nacional por Santa Fe. 1864.

[5] Nos damos cuenta que están en un barco, porque en cada estancia/camarote que los actores atraviesan hay un farol colgado del techo… que se mueve… Razones presupuestarias, seguramente.

[6] Además de la escasa probabilidad de la existencia de tal barco, en un río dominado por la escuadra brasileña, la precariedad de la nave y la pasividad de los centinelas paraguayos, se conjugan con un afortunadísimo disparo que viola las leyes de la Física, pues el Tape, que comparte un bote con Pancho y rema adelante, sale ileso…

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