Este film constituye una verdadera rareza; Hace más de medio siglo —septiembre de 1970—, se estrenaba en Bahía Blanca La Frontera olvidada, suerte de homenaje de su director a “la lucha del soldado fortinero en la pampa”. Pero… por qué se proyectó en esa ciudad y no en la Cabeza de Goliath?

Resulta que el señor Juan Carlos Neyra, un reconocido periodista, escritor y productor rural local, cuya actividad en relación con el cine se reducía a haber sido el asesor de costumbres de Leopoldo Torre Nilsson para su Martín Fierro, decidió —en razón de haber adoptado LTN sugerencias suyas acerca de filmar determinadas escenas en la región— convertirse en guionista, director, asociarse con su hermano como productor y realizar su propia película, para que mostrara otra faceta de la “conquista del desierto”, centrada en la vida de las guarniciones destacadas en la frontera.

Neyra se involucró de lleno en el proyecto; de su propio peculio logró la intervención de actores de la talla de Ubaldo Martínez, Lautaro Murúa y Ricardo Passano, acompañados por un joven “Lito” Cruz —en los créditos aparece como Oscar Cruz— y el debutante por ese entonces en el cine, Arturo Puig. Los extras eran gente de la zona, incluso una modelo, convenientemente caracterizada como paisanita fortinera.

Diversos problemas, fundamentalmente de distribución, hicieron que el film se estrenara comercialmente… recién en 1996, pero nunca se exhibió en Buenos Aires. Este fue el debut y despedida de Juan Carlos “Calolo” Neyra como director, pero se dio el gusto de hacer su película. Película que es hoy casi imposible de encontrar. Ni siquiera su afiche promocional puede hallarse en la Red.

Sobre la tumba del héroe del desierto descansan los huesos de su perro y el olvido de su Patria

Estas palabras del Gral. Ignacio Fotheringham, expedicionario del desierto, abren el film que, acto seguido, nos muestra las actividades de un típico fortín del último cuarto del siglo XIX, con precarias casas de adobe y cerco de palo a pique, circundado por un foso casi inexistente. A la guarnición (cuyo nombre jamás se mencionará) arriba un joven oficial, el teniente Juan José Pizarro —Lito Cruz—, ataviado como si acabara de egresar de Saint Cyr, con botas impecablemente lustradas, capa y guantes blancos. Lo recibe, cansado y un tanto displicente, el Capitán López —Lautaro Murúa—, a quién viene a relevar, suponemos, a raíz de una pierna “mala” que le impide hasta montar a caballo.

Los valores que trata de transmitirle el jefe saliente a su reemplazante vienen encabezados por el coraje, fundamentalmente en la lucha, “Yo no tuve tiempo de estudiar, pero de pelear sí…” y en la capacidad de ejercer la fuerza comprendiendo a sus subordinados. “Mandar nunca es fácil, pero es menos difícil entendiendo a la gente”. Pizarro, por su parte, no está conforme con “esos gauchos brutos” que constituyen la tropa que estará a su cargo.

El contraste entre la manera de pensar de los dos hombres es patente y antes de partir, el capitán le pide al veterano sargento Peralta —Ricardo Passano— que apadrine al teniente, “pues no a de ser flojo, porque nació argentino…” . Finalmente, López se va en un curioso transporte[1] y Pizarro se hace cargo de la guarnición.

Enseguida, el nuevo comandante trata de poner orden entre la tropa, que no parece respetar ni las disposiciones ni las jerarquías de mando. Los soldados, entre sorprendidos y divertidos, acatan sus órdenes. Una agraciada fortinera, la “negrita” Carmen —María Luz Harriague— le echa el ojo al atildado Pizarro, pero éste ni la registra.

También aquí se piensa a la mujer como una compañera servicial del soldado, en un rol pasivo. Casi ningún diálogo se da entre las numerosas mujeres que habitan el puesto. Sólo  Carmencita  tiene algún que otro bolo minúsculo en el relato.

A continuación, las escenas obvias se suceden. En una salida a patrullar, el teniente cree ver indios y lo sostiene ante la observación del sargento Peralta de que se trata de avestruces (nunca ñandúes…); por supuesto que el veterano suboficial tiene razón, así como también está en lo cierto cuando aconseja a su superior desestimar el uso de las armas de fuego —en un estado deplorable— y salir a la descubierta portando sable y lanza. A pesar de que Pizarro, al igual que aquel comandante Chávez, en Pampa Bárbara, también se encuentra a una distancia —real y conceptual— muy grande de sus hombres, éstos, no obstante, ven que su nuevo jefe, si bien severo, es voluntarioso y no malintencionado para con ellos.

Un lugar encantador…

Así las cosas, se produce la llegada al fortín de Justo Torres —Arturo Puig—, viejo conocido del teniente Pizarro, acompañado… de dos amigas, vestidas bien a la moda urbana (?), Rosita y Elvira —Marzenka Novak—. Como todo el mundo sabe, ir de visita a una guarnición de frontera en un carruaje sin escolta y más llevando mujeres, era cosa común en esos tiempos…

Nuestro teniente improvisa una cena con mantel y candelabros, acorde a la vestimenta de sus huéspedes, y no se muestra indiferente a los encantos de Elvira; lo que provoca las consecuentes miradas asesinas de Carmen, prontamente despedida, una vez que ha servido la mesa.

El sargento Peralta, que algo sabe y más sospecha, pretende advertir a Pizarro, pero recién a la mañana siguiente logra hablar con el teniente, que ha pasado la noche con Elvira. Parece que Torres —dueño de campos vecinos— anda en tratos con los indios, cosa sabida ya desde los tiempos del Capitán López y las muchachas son el cebo para que los soldados se relajen y descuiden la vigilancia. El teniente no le cree, aduciendo que Torres es un antiguo compañero de colegio, pero —aunque de mala gana— toma nota de la advertencia de su subordinado.

Efectivamente, el viejo soldado tenía razón, Torres toma contacto con el cacique Millancurá y le deja un baquiano (?) para que guíe a los indios hasta el fortín, a cambio de una buena suma de dinero. Seguramente, los indígenas desconocían la ubicación exacta de la guarnición…

-¿Así que es guapo el cajetilla?

-Cajetilla y de lo pior. Pero es argentino y basta!

Sin embargo, el ataque se producirá con un día de adelanto, cuando las visitas aun están en el fortín. Los soldados salen a caballo a enfrentar la amenaza, pero antes del choque, desmontan y, de pie junto a sus cabalgaduras, efectúan varias descargas inútiles, salvo los certeros tiros de revólver del teniente Pizarro. Los indios, también aquí los grandes ausentes—presentes en toda la historia, masa amorfa, salvo su jefe, echan pie a tierra —renunciando a su clásica ventaja por sobre la infantería mal armada— y se enzarzan en un combate al arma blanca que termina con su derrota y consiguiente huida. En medio de la pelea, el sargento Peralta sorprende al baqueano de Torres y lo degüella sin más, cumpliendo la taxativa orden de Pizarro. Pese a lo enconado de la lucha, los blancos sólo sufren tres muertos y algunos “lastimados”.

El teniente se ha ganado el respeto de sus hombres, pero a sabiendas de que Torres —que aprovechó la refriega para evaporarse, junto con las chicas— sigue activo, junto a los indios, decide ir a pelearlos en su propio terreno. Los localiza y carga sobre ellos a lanza y sable. Nuevamente se produce el inverosímil encuentro de ambas facciones desmontadas, siendo vencidos una vez más los indígenas, y resultando levemente herido Pizarro[2].

Los enfrentamientos se suceden, hasta que Pizarro logra ubicar a Torres que huye a la disparada. La persecución y el posterior duelo criollo entre ambos terminará con la muerte del mal amigo, que recibirá digno castigo por su traición.

Vuelto el teniente al fortín, se encuentra con otra visita inesperada. Su novia Rosarito, y su hermana Lucía, han llegado acompañadas por el padre, el doctor Herrera, “desde un campo vecino”.

¿Te das cuenta, no? La negrita debió haber decorado esto con tanto charme…

Los sucesivas observaciones despectivas de ambas mujeres, centradas en la precariedad de la habitación de Juanjo provocan un ambiente de tensión en la cena. Carmen, “la negrita” en cuestión, aparece con el pelo recogido, al estilo de las recién llegadas, lo que origina un comentario laudatorio por parte de Pizarro, a la vez que condenatorio:

-¿Qué te causa tanta gracia?

-Ustedes a la gente criolla no la ven; la usan.

-……

-Carmen, imitándoles el peinado ha quedado tan bien como ustedes…

Esto no nos sorprende, porque ya hemos visto algún acercamiento entre la paisanita y el teniente, pero aquí el guionista/director hace jugarse a su personaje. A sabiendas de que “los crinudos” ya no atacarán[3], Pizarro ha elegido la vida del fortín frente a todo lo que significa Rosarito. Ésta lo conmina a elegir, acusándolo de haberse convertido en un gaucho y pidiéndole que abandone esa vida (?), como si de él dependiera. El teniente, vestido ahora de paisano y con boleadoras y cuchillo al cinto, responde con palabras parecidas a las que escuchara del capitán López cuando se hizo cargo del fortín. A las invectivas de su novia (son unos salvajes, gauchos brutos), dirá:

-Son los mejores soldados del mundo.

Sobre un fondo de caballos agitándose en el corral de la guarnición, Rosarito habla, pero no se la escucha; finalmente sube a la galera que la ha traído y abandona la partida. La cámara toma una prolija —demasiado prolija— distribución edilicia de la guarnición y la película termina.

¿Dónde viste un argentino flojo?

En La frontera…, esta frase resume el leit motiv de la película. López no se ha ido, pidiendo el relevo “por flojo”, sino por estar incapacitado para pelear —sus hombres le entregan pequeños regalos, expresándole su admiración, al despedirlo—. Pizarro, a pesar de hacer gala de una educación militar formal, muy distinta de la de su reemplazado, se muestra como un  comandante capaz, que no duda en renunciar a una amistad (por más que ésta rápidamente se revele espuria), al amor “como se debe” y a las comodidades de la civilización, en aras de la defensa de esa pequeña avanzada del orden blanco que está bajo su mando.

Como decíamos en Pampa Bárbara: la cualidad de una película reside en la narración de una historia, pero aquí, y no solamente por los errores que hemos señalado, esa historia no logra despegar. La vida en esa frontera olvidada no nos conmueve, a pesar de una actuación, en general, correcta de los que le dieron vida al film y de una dirección tan sobria, como absolutamente desprovista de imaginación.

Notas

[1] El capitán es transportado en unas angarillas cubiertas por pieles, arrastradas por un caballo, a nivel del suelo. Viaje incómodo si lo hay. Por algo no se vuelve a oír de él…

[2] El teniente es salvado por un soldado, a pesar de que éste había sido anteriormente abofeteado por el oficial por haberlo llamado cajetilla. Luego el hombre desertará y Pizarro, comprensivo, dará parte de su “muerte”.

[3] En medio de la comida el teniente lee una carta “de su hermano” que luego le alcanza al Dr. Herrera, donde parece aseverarse lo antedicho.

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